PRÓLOGO
Siento unos deseos enormes de dejar por escrito
las maravillas que he vivido con mi Señor. Historia de un aniversario es un
testimonio de que Dios está vivo, y sobre todo de su trato de amor especial con
cada uno. Lo que ahora voy a relatar pertenece a una vida pensada y planeada
antes de la creación del mundo: Mi propia historia.
Podría haber sido una historia cualquiera de
tantas como se han escrito, pero “Alguien” se encargó de que no fuera así. Se
cruzó en mi camino, e hizo que mi vida ya no fuera ordinaria, mediocre u
oscura, pues Él la llenó de luz, y después la regresó al punto en que comenzó a
ser la que me correspondía según su voluntad.
1 EL ENCUENTRO
Me hallaba en medio de una triste madrugada
como tantas otras, sumida en un mar de pensamientos sombríos y sin futuro. Doce
años, y ya no me quedaba esperanza. En mi corta vida se habían sucedido una
serie de acontecimientos que desembocaron en una adolescencia cargada de temores y desconfianzas. Sentía un gran vacío
interior causado principalmente
por mis vivencias infantiles y que nada tenían que ver con la “angustia vital”, de la que adolecen, según dicen, la mayoría de los
niños de esta edad. Mis ideas
sobre Dios, o la religión todavía eran demasiado básicas y en poco, o en
nada podían ayudarme, tampoco mi
familia, porque ni siquiera imaginaban por lo que yo estaba pasando, ya que no contaba nada en casa y me encerraba en mi misma sin compañía y sin
solución. Los pensamientos más
lúgubres hervían en mi cabeza impidiéndome,
la mayoría de las noches, conciliar el sueño. Poco a poco, al principio sin que me diera cuenta, comencé a percibir en el transcurso de mis
largas vigilias, como si en
medio de la oscuridad me sintiera observada. Fijaba mi atención en cada rincón de la habitación con lo poco que la
débil claridad que entraba por la ventana me dejaba vislumbrar. Allí no había nadie, no era posible. Lo extraño es que aún teniendo esa sensación, no
me inspiraba el menor temor,
hasta casi aliviaba mi soledad, y al final acababa durmiéndome.
Aquella presencia extraña comenzó a acompañarme noche
tras noche hasta que acabó haciéndose entrañable, y parecía tener voluntad de
alejarme de mis tristezas e ideas de fracaso, y de verdad lograba atraer toda
mi atención. No era imaginado por mi mente, ni siquiera era un ansia de
compañía creada por mi, como algunos pudieran pensar, pero estaba allí y no
venía de mi, de eso estaba segura. Empezaba a acostumbrarme a sentir aquella
calidez a mi lado, y a buscarla con verdadero interés, cuando una noche me sorprendí, pues en mi interior, de dentro, de
lo más profundo de mi, surgió una pregunta.
¿Quién eres?
_Tu amigo.
_¿Eres Jesús?
_Ya sabes que sí.
_¿Por qué vienes todas las noches? Antes no
venías.
_Siempre he venido, pero tú no te dabas cuenta.
_¿Y por qué ahora sí te siento?
_Porque me necesitas más.
_Sí, necesito demasiadas cosas que no tengo...
_Por eso estoy aquí, porque quiero dártelas.
_Pero, si tú no sabes las que son.
_Sí, si lo sé, las he ido contando mientras las pedías.
_No entiendo, no se las he pedido a nadie, solo sé que
no las tengo.
_Cada noche, cuando te pones a pensar y lloras, yo
voy escribiendo en mi lista.
_¿Para qué? En mi será inútil, ya no cuento con nada...
_Espera, déjame contarte una historia.....
Hubo una vez un hombre que sufrió muchos tormentos,
murió y dio hasta la última gota de su sangre en una cruz de madera, y cada vez
que su dolor se hacía insoportable, se acordaba de ti, pronunciaba tu nombre por
lo bajo, y seguía aguantando, porque tenía un día que escribir una lista con
tus necesidades. Cuando murió fue enterrado y al tercer día su Padre Celestial,
Dios, le resucitó con su poder y lo hizo ascender al cielo, donde está su
lugar, entonces solo pensó en una cosa, venir a contártelo y por eso estoy aquí
ahora, ya no tienes que avergonzarte, ni sentir tristeza, porque yo estoy
contigo...
Así fue lo que recuerdo de mi primera conversación con Él, no podría
olvidarlo por más años que pasaran. De ahí en adelante empecé a tener hambre de
conocerle más, de saber toda su historia, y comencé a devorar el Evangelio, lo
leía con afán queriendo entender que lo que me había dicho estaba allí escrito.
Recuerdo también unas revistas que se empezaron a publicar sobre la vida de
Jesús, y el dinero que me daban en casa iba destinado a comprar aquella revista semana tras semana.
Después de aquella charla, era yo quien le
buscaba, pero ya no solo de noche, sino a cualquier hora, en mis ratos libres.
En el colegio me era muy fácil en la hora del recreo escaparme a la capilla y
pasar horas hablando con Él. Años después, Él me reveló que no es necesario un sitio
específico para buscarle, pues estaba conmigo en todo momento, aunque en aquel
tiempo yo asistía a un colegio de monjas y se nos inculcaba que para estar con
Él era la capilla el lugar apropiado, y la verdad es que
siempre que le buscaba, fuese donde fuese, allí estaba. Pasaba muchos
ratos en su compañía y escribía todo lo que hablábamos y aunque no conservo ya
esos escritos, estoy dejando en este libro constancia de cómo le conocí, de cómo
Él me encontró y la mella y señal que me dejó en el corazón para siempre desear
buscarle.
¡Que hermoso tiempo aquel de mi primer amor, de
mi despertar en la fe! A veces muchas personas, incluso muy allegadas a mi, me tomaron
por fanática, pero nadie, ningún ser humano tuvo que convencerme de su
existencia, sino Él mismo. Tocó mi corazón con su amor y me sentí ligada a Él
para siempre.
2 RETAZOS DE MI NIÑEZ
Durante los años que siguieron a aquel primer encuentro,
poco a poco me fui transformando, ya no era tan taciturna, aunque mi ser
interior seguía herido por las circunstancias, pero era atenuado por su
constante apoyo y compañía. Empecé a frecuentar las actividades extraescolares
del colegio, disfrutaba practicando todos los deportes, me encantaba la
competición y salir victoriosa de los torneos, aunque el estudio no me resultaba
tan fácil, a menudo se me cruzaban las “dichosas” materias de ciencias. ¡No!,
decididamente yo no estaba hecha para las matemáticas, ni la física, ni la química,
se me atravesaban y siempre acabábamos en desacuerdo los números, las fórmulas,
las ecuaciones y yo. Por aquel entonces ya gustaba de estar con los niños y mi
mayor delicia consistía en llenar el pequeño jardín de mi casa con aquellas
caritas sonrientes y revoltosas con las que me hacía cómplice aunque les
llevara varios años de diferencia. Montábamos obras de teatro que estudiábamos con
ahínco para no quedar mal delante de nuestro público. Con una sencilla cortina,
prestada por nuestras madres, y que usábamos como telón, ofrecíamos por el
módico precio de dos o tres de las antiguas pesetas, una función que hacía las
delicias de nuestros padres. Otras veces con macarrón de plástico engarzábamos pulseras
y collares que luego poníamos a la venta utilizando una mesita vieja como
puesto ambulante. Recuerdo que frecuentaba la amistad a distancia de un chaval
gitano del barrio de al lado que venía con frecuencia a merodear por allí, y
digo a distancia porque él no se atrevía a acercarse demasiado, tal vez por no destacar
con sus ropas desaliñadas y sus zapatos cubiertos por un polvo blanquecino que
parecían sacados de un anticuario. Un día se me ocurrió regalarle un montón de tebeos
pasados de fecha que acumulábamos en casa y que para mi significaban un tesoro.
Me acerqué a él una tarde con el montón en la mano y se lo entregué de forma
tan silenciosa como él los aceptó. Me despedí con la mirada siguiéndole hasta
que se alejó y desde aquel momento su amistad fue incondicional. Cuando escribo
esto ahora a mis cincuenta años, me doy cuenta de cómo el Señor empezaba ya a
poner en mi corazón la semilla de mi amor hacia los niños y la respuesta que
recibía de ellos. Aquel chavalín de raza gitana, del cual no puedo recordar su
nombre, se convirtió en mi guardián protector, andaba siempre cerca de donde yo
estaba y a la menor intención de pelea con mis amigos, no se de donde salía,
pero allí estaba para defenderme. Un día casi se pega con un chico porque no
quería que yo jugara al fútbol con ellos, en aquel tiempo estaba muy mal visto
que una chica se pusiera a darle patadas a un balón, pero a mi me encantaba
practicar “cualquier” deporte. Él salió como una tromba de detrás de no sé que
esquina, directo a encararse con aquel crío que osaba despreciar como delantero
centro a su proveedora de tebeos. Unos meses después perdí definitivamente de
vista a mi caballeroso defensor pues desmantelaron enseguida aquellas casuchas
prefabricadas que constituían los hogares de cientos de miembros de familias
gitanas que se hacinaban no lejos de mi barrio. Aquellas viejas casas ardían
con demasiada facilidad y eran un riesgo continuo para las demás barriadas, con
lo que al desaparecer las familias que allí vivían también desapareció mi amigo
silencioso y no volví a verlo nunca más. Que días aquellos! que para mi fueron
dichosos porque en medio de mis juegos y tareas escolares, siempre encontraba
lugar para hablar con mi Señor. Él me esperaba cada día a la hora del recreo
para que le contara mis andanzas juveniles y le escribiera aquellos versos que quedaron
expuestos al comienzo del libro. Cada vez tomaba más y más confianza y le
contaba todo lo que me pasaba, Él me escuchaba y me iba respondiendo, y yo
anotaba todo lo que nos decíamos.
Guardé durante muchos años en varios
cuadernos aquellas conversaciones,
¡lástima! Que ya no las
conserve, seguro que ahora las tendría como mi mayor tesoro. De
aquellas conversaciones juveniles que se fueron intensificando con los años, nació mi relación inquebrantable y maravillosa de hoy. Cada
vez que recuerdo su presencia,
entonces difuminada por mis pocos años, me doy cuenta de la importancia de
implantar la figura de Jesús desde la niñez. El corazón de un niño es puro y
sin prejuicios y morada idónea para el Señor de señores, cuando nos hacemos
mayores, empezamos a buscar excusas para no querer tener nada que ver con Él,
sin darnos cuenta de que nos alejamos de la única fuente que puede apagar
nuestra sed, del único amigo que jamás nos va a abandonar ni nos va a
traicionar, y que seguro nos lleva al final de nuestro camino, victoriosos. Hoy
recuerdo mi niñez con un cúmulo de sentimientos enfrentados; por una parte mi
encendida amistad con Jesús, y por otra, todas las circunstancias que se agolparon
alrededor de mi, que me zarandeaban constantemente y que me impregnaron un
cierto desequilibrio de carácter. Tan pronto me sentía ufana y alegre, como
profundamente confusa y decaída. Cada vez que el desánimo rondaba mi alma, me
apartaba para estar con Él y compartirle mis sentimientos. Ni una vez, puedo
decir que me desamparara o me dejara a solas con mis pesares. ¡Él era mi
refugio en la tormenta! Había venido a decírmelo aquella noche y ya nunca más
me sentiría sola, únicamente cuando en mi andar por la vida he sido yo quien se
ha alejado de Él y he buscado consuelo en otras personas, he sentido las
frustraciones más grandes, el abandono más absoluto.
Desgraciadamente hay
algún momento en nuestra vida en que deseamos andar solos y emprendemos camino pensando
que tenemos que ejercer nuestra autonomía y nuestra voluntad, que ya estamos
preparados para adentrarnos en la vida sin la tutoría de nuestro Señor, y ¡ay!
es entonces cuando pasamos las mayores penalidades que nos producen las peores
heridas, es entonces cuando nos volvemos “hijos pródigos” y nos adentramos en
las sendas sin el abrigo de nuestra “casa paterna” Malgastamos nuestra
herencia, en mi caso, mi hermosa relación con Él que se volvió ocasional y
fugaz. Tomé decisiones sin meditar, di pasos de los que luego me arrepentiría
(*)
*(Prefiero no detallar porque el propósito
de este libro es únicamente resaltar la persona de Jesucristo y sus obras en mi
vida)
3 JUVENTUD
AVENTURERA
Quizá ahora que me adentro en mi
juventud, me sea más complicado relatar esos años, creo que fueron los más intensos,
pero están tan llenos, que pido ayuda a Dios para no dejar nada en el tintero,
ni tampoco recrearme demasiado en algún punto. Esta parte de mi vida arranca en
el verano de 1972. Con el Bachillerato sin terminar por la dichosa química que una,
perdón por la expresión, “mala monja” y no me refiero a “maldad” sino a que la vida
de esta mujer no tenía nada que ver con la religión, y el tiempo lo
demostraría, se empeñó en que yo no obtuviera el título de “Bachiller” pues
nunca me aprobó su asignatura, por más que me esforzara y dedicara un curso entero
solo a tratar de aprobar sin conseguirlo, “la química de mis pesadillas”. Y así
me quedé, no me admitieron en C.O.U. porque tenía que llevar todas las materias
aprobadas. Un día Dios me pidió perdonar a aquella monja que llevé mucho tiempo
en mi recuerdo, desde luego no para bien.
Aquel verano alguien
me propuso trabajar como técnico de montaje en las oficinas de una conocida
revista católica juvenil llamada “Hosanna” (era la primera vez que este término
se cruzaba en mi vida) Yo disfrutaba con todo lo que tuviera que ver con la técnica,
“digna hija de mi padre” técnico de todo, pues no se le resiste, hasta ahora
que tiene 83 años, nada que quiera permanecer estropeado. Hago aquí un inciso
para mencionar a los padres que Dios me ha dado, en homenaje a ellos por los
desvelos, las noches de cuidados intensivos cuando estábamos enfermos, las
noches en vela de mi padre trabajando, para sacar a su familia adelante...Los
hijos no solemos reconocer el valor de nuestros padres hasta que ya no los
tenemos con nosotros, pero yo quiero mencionarlos de manera especial en mi
libro, antes de que me falten, pues lo merecen de sobra. Gracias a ellos que me
dieron una educación de la que ahora no existe, soy la persona que soy. Amo a
Dios porque ellos fueron los primeros que lo trajeron a mi vida y me lo dieron
a conocer. Me dieron principios y rectitud que ahora me sirven para comportarme
de manera digna y responsable en cualquier lugar. Y si algo tengo que
agradecerles es su dedicación absoluta a sus hijos, nunca estuvimos en ningunas
otras manos que no fueran las suyas, y nunca permitieron que estuviéramos en
ningún lugar que ellos desconocieran, o que llegáramos a casa de madrugada.
Entonces no lo entendía, pero ahora les doy las gracias y a ellos dedico este
libro principalmente, que me han dado la vida y me han querido siempre. A ti
papá en especial, te pido perdón por no haber sabido entenderte, por no haber
captado todo el amor que me tenías, por haberme alejado de ti
inconscientemente, buscando en otro sitio, lo que de buena gana me hubierais dado
vosotros. Ahora es cuando ya de mayor lo veo y siento mucho todo el dolor que
te hice pasar. Mi gran abrazo para los dos desde estas páginas. Siguiendo con
mi relato anterior, me vi delante de un montón de aparatos en una cabina de
montaje de la calle Núñez de Balboa, sede de la mencionada revista. Mi trabajo
consistía en grabar las voces del sacerdote: José Ramón Bidagor y Altuna,
director y locutor de los montajes radiofónicos que se grababan en cassetes para
distribuirlos en las librerías, y la entonada voz de su secretaria. Luego, a
solas encerrada en la cabina, pasaba horas mezclando las voces con diferentes
melodías según fuera el relato. Lo grababa en enormes magnetófonos con metros y
metros de cinta, pero con calidad exquisita, y luego lo pasaba a una máquina
multi-casset, que lo grababa en cuatro cintas a la vez a gran velocidad. Era
una sala acondicionada acústicamente, donde disfrutaba con aquellos aparatos
que hacían mis delicias. Los ratos que no estaba en la sala de montaje,
trabajaba en la revista contestando a las cartas de los lectores, empaquetando
la revista cuando la editaban, y llevándola a correos para su envío, y
pasándomelo en grande con aquel grupo de trabajadoras que constituíamos el
“equipo de redacción”, en cuya contraportada figuraban todos nuestros nombres. Estuve
alrededor de tres años trabajando allí, y guardo muy buenos recuerdos de aquel
tiempo. Ahí conocí a la religiosa, que también trabajaba en la revista, y el
lugar que sería mi residencia desde 1975 hasta 1982: El convento de religiosas
de María Teresa, orden de origen francés, de la cual solo existía en España esa
casa. A través de aquella monja que pareció hacer amistad conmigo, poco a poco
fue entrando en mi corazón el deseo de servir a Dios y ¿qué mejor manera que junto
a aquellas monjas que parecían tan simpáticas?, y que además se dedicaban al
cuidado de los niños, pues tenían una Escuela Infantil, y a mi, ya se vio, me apasionaban
los niños. De aquella vivencia de casi ocho años me gustaría resaltar que, al
final, yo resulté tan “mala monja” como mi profesora de química, con lo cual me
tuve que marchar sin lograr cumplir mi objetivo que era dedicar por entero mi vida
a Dios y a los niños.
4 “SOY ABJECTA EN LA CASA DE DIOS”
¡Extraño título para
este capítulo!, pero ese era el cántico que recitábamos en latín, en la
ceremonia, al pasar de postulante o recién llegada, a novicia, exactamente: “Elegí
ser abjecta en la casa de Dios” o en latin: “Elegi abjecta esse in domo Domini
mei Jesús Christi” Abjecto significa: despreciable, deshecho, basura que ha de
ser pisoteada, merecedora de nada, y la última en ser tenida en cuenta. y así fue como lo viví, pero en mi
deseo de destacar solo las maravillas de Dios en mi vida, no voy a relatar lo
que allí pasé, pero sí como El lo usó para moldear mi carácter. Como ya he
comentado, por aquel tiempo, hablo ahora de los años 1975 en adelante, yo
andaba luchando con mis continuos altos y bajos de humor. Por otra parte, tenía
ilusión por comenzar lo que para mi significó una ruptura total con la vida que
había llevado hasta entonces, bajo la cobertura de mis padres. Iba a empezar a
saber lo que es valerse por sí mismo. No sabía lo que me esperaba, pero sí pensaba
en los niños, y me animaba a seguir adelante. El 13 de diciembre de 1975, fue
la fecha elegida para hacer mi entrada en el convento de María Teresa. Fumé mi
ultimo cigarrillo con mi hermana en nuestro cuarto, recogí mi equipaje, y me
despedí. ¡Cómo llovía! A lo largo de mi vida, cada vez que he tomado alguna decisión
que implicara un cambio importante, ha llovido a cántaros. A veces he pensado,
y creo que es así, que la presencia de Dios me acompañaba para no dejarme sola
y que yo lo sintiera: El día que entré en el convento, el día que salí, cuando
empecé mi primer trabajo....Así ha sido siempre, la bendita lluvia
acompañándome. De aquellos años, lo más positivo fue, sin duda, mi trato con
los niños. Los recuerdo como si los tuviera delante. Ahora son hombres y
mujeres, quizá padres y madres. Solo espero que la influencia de mis enseñanzas
les haya sido tan beneficiosa, como para mi lo que aprendí de ellos. Fueron una
constante alegría, con mis 21 años jugaba y reía con ellos a la vez que les enseñaba.
Si estaba triste o deprimida, al entrar en la clase y ver sus caritas,
recuperaba mi buen humor, y ya no me importaban los malos ratos. ¡Cómo lo pasé
con ellos! Recuerdo un día que para algarabía general, encontramos una lagartija
en la pared y se nos fue la, mañana tratando de cazarla. Al fin lo conseguimos
y después de observarla un buen rato dentro del bote de cristal adonde fue a
parar, nos complacimos en dejarla en libertad con los aplausos efusivos de los
niños siguiéndola mientras escapaba veloz por la ventana. O el día en que se me
ocurrió cazar dos enormes saltamontes tan grandes como mi mano y para colmo de gritería
infantil, a un golpe que di en el suelo donde estaban, comenzaron a saltar
entre los niños. ¡Qué pena! que aquellos momentos fueran enturbiados después
por una religión mal entendida, y por unas personas que ni daban, ni sabían
recibir amor, y que predicaban un Cristo tan frío e inanimado como las estatuas
que presidían su capilla. El Cristo vivo, Amigo entrañable que yo llevaba en mi
corazón al entrar, estuvo a punto de desaparecer y de ser olvidado, pero El fue
quien me había rescatado y no iba a permitir perderme de nuevo. Si no hubiera
sido por su misericordia y por su amor que siempre me consoló y guió, tal vez
hoy no podría estar escribiendo este libro. Cada noche cuando subía a mi cuarto,
allí estaba El, llevándose mis frustraciones, mi vergüenza, mis lágrimas, y ayudándome
a perdonar y a seguir adelante. Lo mejor de todo es que hoy sé que El usó toda
esa humillación, el creerme “abjecta” para entender que realmente todo lo que
soy y tengo vienen de El y es tontería jactarse de nada. Paso ahora a relatar
con mayor profundidad lo que supuso para mi aquel grupo de 50 “angelitos” de 4
y 5 años, que constituía mi clase de segundo ciclo de educación preescolar,
como se llamaba entonces. El niño por el que más apego sentía, se llamaba Iván.
Ahora tendrá unos 36 años, si logró superar su enfermedad. Era un crío vivísimo
y espabilado que padecía hidrocefalia, terrible enfermedad, que a sus tiernos
cuatro añitos, le llevaba al quirófano con demasiada frecuencia. Necesitaba una
atención especial, pues tenía dentro de su cabecita un sistema de drenaje que
aliviaba la tensión que le producía la constante acumulación de líquido en su cerebro,
y los dolores tan terribles de cabeza que le hacía padecer. Constantemente
aquella válvula desviaba el líquido, hasta eliminarlo por aquellos tubitos que
se notaban bajo la piel y que daban cierta “grima”. Cuando esa válvula se atascaba
y retenía el líquido, el niño se quejaba de fuerte dolor y había que avisar rápidamente
a su familia que inexorablemente tenía que internarlo para ser operado
nuevamente. ¡Cuantas veces volvía a sus quehaceres escolares con la cabeza
vendada! lo cual no le impedía en absoluto hacer las mayores trastadas. Con
todo el panorama que tenía por delante, sin embargo, era un niño alegre y
risueño, que muchas veces me daba ejemplo de entereza, y me llevaba a ver mis
propias dificultades con esperanza. Las veces que hablaba con sus padres,
opinaban igual que yo, él mismo les consolaba cuando tenían que llevarle al hospital
y les ayudaba a superar el pensamiento de ni siquiera saber si sobreviviría, si
se curaría algún día, o tendría que estar supeditado a aquellas traumáticas
operaciones de por vida.
Lo que más me extraña cuando lo pienso, es que
a la vez que trataba con los niños, también trataba con los padres. Tenía como
una especie de consultorio donde una vez por semana les recibía y les ayudaba
en sus problemas. Yo, que tenia menos de veinticinco años, y algunas veces, no
solo les ayudaba a encarrilar la educación de sus retoños, sino hasta su propia
vida matrimonial, pues también me contaban sus problemas conyugales. Creo que
el hábito les imponía un poco y me revestía a mi de cierta autoridad. El caso
es que aprendí a conocer bien las situaciones familiares que vivían los niños y
también aprendí a orar por ellos y a darles mi mayor cariño.
Aquella relación con
los niños y sus padres, me llevó años después, una vez fuera del convento y
recuperada mi vida seglar, a volver de nuevo a ser su profesora, a instancias
de los mismos padres que pidieron continuamente a las monjas que me contrataran
para enseñar a sus niños, ya que estaban hartos de que cada pocos meses hubiera
una profesora nueva, lo que trastornaba su comportamiento en gran manera.
Después que me fui, no hubo quien sobrellevara aquella clase de 50
preescolares, a los que yo aprendí a amar de veras.
5 VUELTA A NACER
No he querido referirme,
al escoger el título de este capítulo, al nuevo nacimiento en Cristo, sino al
día en que recibí mi vida de nuevo, cuando Dios no me permitió morir, y evitó
que una desgracia terrible se cerniera sobre mi familia. Era un día como otro
de tantos en los que a las 7,30 de la mañana, subía en mi “Vespino” y tomaba la
carretera de Colmenar Viejo, rumbo a mi querida guardería para encontrarme con
mis niños. Una carretera sin apenas circulación por aquel entonces y bien
asfaltada. Como hacía siempre, iba cantando despreocupada, y en el momento de
girar a la izquierda para enfilar el camino que conducía al portalón de entrada
del convento, una vez que entré en el arcén unos metros para hacer bien el
giro, algo nubló mi vida por los siguientes cinco años. Dicen que un coche se
me echó encima y yo salí despedida con tan mala fortuna, que mi cabeza fue a
estrellarse contra el suelo. Fui inconsciente en todo momento de lo que me
pasó, desde que frené para girar, hasta el momento en que desperté en la cama
del hospital Ramón y Cajal con todo el cuerpo dolorido, un vendaje enorme en la
cabeza, la pierna izquierda casi insensible, y morados por todo el cuerpo. No
sé lo que pasó, mi mente no lo pudo recordar nunca, no recuerdo ni el rostro de
la persona que me atropelló, solo puedo contar que desde aquel momento mi vida,
e incluso mi carácter cambiaron drásticamente. Me llevó mucho tiempo recuperar
por completo la memoria, tuve cierta amnesia, no de lo esencial, sino al confundir
direcciones, fechas, me resultaba difícil hilar frases, e incluso llevar las
palabras desde el pensamiento a mis labios. Quien no haya pasado por esto, ni
se lo imagina. Mi madre temía que no recuperara nunca la razón por más que los
médicos le aseguraban que era transitorio, y una vez absorbido el líquido que
genera el cerebro como protección, todo volvería a la normalidad. Así me dieron
el alta hospitalaria, aunque no laboral, después de 21 días de ingreso. Con mi
pierna izquierda casi inservible por las heridas, aunque poco a poco la fuera recuperando
después, mi cabeza llena de puntos y completamente aturdida, volví a casa con
mi familia en estado de shock, pues al principio estaban tan aturdidos como yo,
contentos por no haber perdido a su hija, pero sin saber como terminaría todo. Los
siguientes meses fueron muy difíciles para ellos, me encerré en mi habitación
con todo a oscuras, y me metí en la cama, de la que no salía más que para ir al
cuarto de baño. Cualquier estímulo auditivo o visual hacía estallar mi cabeza.
Si alguna vez supe lo que era una depresión profunda, fue en aquellos días. No
hablaba con nadie, no me levantaba, no respondía a ninguna invitación. Recuerdo
que tenía una hermosa pareja de periquitos en una jaula, que se murieron de
tristeza porque su ama ni los miraba, ni los atendía, más bien los ignoraba por
completo. Mis padres no sabían que hacer o decirme para sacarme de aquel
estado. Poco a poco fui recuperando cierta actividad, pero fue para peor,
porque entonces comenzaron las alucinaciones, y el hablar con personas que no
estaban presentes. Hubo que llevarme de nuevo al hospital para que, por lo
menos, los médicos tranquilizaran de nuevo a mi familia, ya que todo era debido
al líquido que aún permanecía adherido a mi cerebro. Según los médicos era una protección,
pero para mi se convirtió en un infierno, pues no podía pensar con claridad,
veía a personas que no estaban, perdía de vez en cuando el control de mi mente
y me quedaba en blanco, y tenía la sensación de vivir en una irrealidad que no
existía, de haber entrado en un túnel al que no le veía el final. Ahora, cuando
recuerdo aquel tiempo que se desarrolló desde Octubre de 1984 hasta casi 1990,
en que ya sintiéndome mejor pude emprender un nuevo trabajo. Creo que Dios usó
ese tiempo de mi inconsciencia, para trabajar en mi y hacer algunos ajustes en
mi personalidad, pues cuando por fin salí de ese túnel, y comencé a ver la
claridad al otro lado, algo había cambiado en mi radicalmente, ya no era la
persona reservada, temerosa de todo el mundo, que no solía hablar en las
reuniones porque no encontraba nada que decir. De repente asustaba a mi madre,
cuando cansada de esperar en las revisiones médicas a que nos atendieran, salía
como una tromba hacia las enfermeras y les increpaba delante de todo el mundo,
preguntando por el médico, e insistiéndoles en que hacía horas que teníamos la
cita. Mi carácter fue transformándose y convirtiéndome en una persona abierta,
habladora, decidida y emprendedora. Algunos decían que el golpe me había
aclarado las ideas ¡Curiosa paradoja!
El 16 de Octubre de
este año 2004, se cumplirán veinte años desde aquel día en que volví a nacer.
Dios salvó mi vida y me mantuvo en esta tierra para hacerme gozar de la hermosa
vida que hoy tengo en su presencia, y para terminar de cumplir el propósito con
el que nací por primera vez el 21 de Mayo de 1954.
6 BAUTISMO EN EL ESPÍRITU SANTO
Este es un capítulo
muy especial en mi vida, y quiero escribirlo auspiciada por El mismo, para
darle toda la importancia que tiene y expresar como su poder, su guía y su
dulce presencia actuó y sigue actuando en mi vida de una forma maravillosa. Para
comenzar a relatar lo que significó desde el principio conocer la obra del
Espíritu Santo en mi vida, debo remontarme de nuevo al tiempo en que aún estaba
viviendo con aquella singular comunidad de hermanas de “María Teresa”. Contaba
yo con 28 años y por primera vez oí hablar de la Renovación Carismática católica.
Un familiar de una de las monjas asistía a las reuniones con periodicidad y
siempre que pasaba por el convento a ver a su hermana (de carne, se entiende) hablaba
y hablaba sin parar de lo que ella experimentaba en esas reuniones, hasta el
punto de que un día nos invitó a ir a una de ellas. Fuimos las más jóvenes, y
aunque no recuerdo del todo el lugar, creo que eran en un colegio situado en la
Plaza de Castilla. No sabía con lo que me iba a encontrar, pero por las
referencias de la persona en cuestión, yo
iba llena de expectativas ¡cualquier cosa que me hiciera salir de la monotonía
espantosa del convento, me sabría a gloria!. El recinto estaba lleno de gente,
al cabo de un rato aparecieron en el escenario unos músicos y comenzaron a
interpretar una canción que era coreada por
todo el auditorio. Minutos después, de entre las personas que estaban en
primera fila, subió un joven, que con una voz simpática, presentó la reunión,
saludó al público, hizo una breve pero efusiva oración, y después invitó a
todos a unirse y participar en las alabanzas que íbamos a dirigir al Señor. Nunca
había visto alabar a Dios de esa manera, todo
el mundo estaba activo, unos levantaban las
manos al cantar, otros lo hacían cogidos fuertemente de las manos, otros se
abrazaban y lloraban. Yo me dedicaba a observar y me emocionaba el hecho de que
aquellas personas vivieran lo que estaban cantando, nadie estaba pasivo. Algunos
oraban de una forma extraña, en un idioma que no se podía entender. Y otros
incluso danzaban. El alboroto, las voces elevadas cantando y el ambiente en general,
en lugar de ser desconcertado, extrañamente parecía ordenado y el canto,
mezclado con las oraciones, daban la impresión de un imponente coro, que al
unísono, hacía descender la presencia de Dios. Todo el evento duró como unas
dos horas en las que se intercambiaban los cantos y la oración del que nos dirigía.
Por ultimo se hicieron algunas peticiones y se oró por los enfermos en grupos
separados. Cuando salimos, todo el mundo se despedía de nosotros con un beso y
nos invitaba a volver a la próxima reunión. Regresamos al convento en silencio,
como si nada hubiera pasado, pero en mi interior comenzaron a encenderse
algunas luces. Muchos días después, aún me duraba el efecto de lo que había
experimentado en aquella reunión singular, y trataba de vivirlo yo a mi manera.
Por aquellos días ya no me sentía a gusto conviviendo con las “hermanas” y
después de lo vivido en la reunión de los carismáticos, mi alma estaba en otro
sitio. Un día decidí escaparme con la moto en la que solía ir a los recados.
Aproveché una mañana que me mandaron al pueblo a realizar un encargo, dejé la
moto bien aparcada, con su cadena puesta, y me encaminé a la casa de mi hermana,
que vivía con su familia en el mismo pueblo de
Alcobendas., con el firme propósito de no
volver más al convento. Mi hermana tenía a su primer hijo de pocos meses y nunca
faltaba de casa, pero aquella mañana de mi escapada, Dios no me permitió salir como
el que huye, dejando una experiencia de vida que yo misma había escogido, como
si fuera un ladrón que comete un delito y elude su responsabilidad. Dios tenía
otra forma de sacarme, que no era la que yo había elegido en ese momento. Mi
hermana no estaba en casa, y tuve que volver a montar en el Vespino y dirigirme
de nuevo al convento. El verano siguiente, aquel mismo año, en el mes de Julio,
me encontré con la sorpresa de un viaje a Barcelona, con otra de las hermanas
jóvenes, para un seminario de preparación para el Bautismo en el Espíritu
Santo, de una
semana de duración. Después de aquella
primera reunión “Carismática”, se siguieron otras, y después teníamos en el
mismo convento nuestras propias reuniones, y de ellas salió la idea de
enviarnos a aquella monjita y a mi al
seminario de Barcelona. La Renovación Carismática por aquellos años, estaba floreciente
en España, un sacerdote misionero en la India, que lo vivió allí en todo su
esplendor, lo trajo para España, donde encontró miles de adeptos, tal vez un
poco decepcionados con la monotonía de los ritos católicos. Aquella “agua
fresca” que derramó en los corazones el Espíritu Santo, tuvo un auge enorme y
comenzó a extenderse como la espuma. En casi todas las provincias habían
crecido muchos grupos de oración, y se nombró un comité coordinador por
provincias, y un grupo responsable y dirigente de los coordinadores, quedando
nombrado como la “Coordinadora Nacional”. Aquel mes: Julio de 1982, no se me
olvidará mientras viva. Ahí empezó Dios su trabajo de restauración en mi, y aunque
aún lo continúa, en esos días fue cuando, por primera vez, conocí al Dios
poderoso, al Dios sanador y
libertador, y fui marcada y
sellada para Él, el Espíritu Santo se encargó de hacerlo. Durante una semana se
nos habló de los siete pasos para recibir el fuego del Espíritu Santo, de los
dones que podíamos recibir, de cómo dejarle a El tratar con nuestra vida, y
luego pasábamos a la parte práctica. Nos reuníamos por grupos con una o un
responsable y hablábamos de cómo nos sentíamos, de que necesidades teníamos
para orar, y luego orábamos fuertemente unos por otros y nos ministrábamos. La
noche antes de que oraran por nosotros para recibir el bautismo, recuerdo que
pasamos toda la noche en vigilia. Para una monja, acostumbrada a los ritos del convento,
a no tratarse con nadie por la prohibición de hablar a ciertas horas, de pasar
el día con un horario sumamente estricto, aquellos días fueron una revolución, tanto
espiritual como anímica, ya que de tú a tú era muy difícil o raro tratar con
alguien, siempre era en comunidad o con la superiora. Ahí pude expresar lo que
estaba viviendo y hablarlo con aquella persona que en ese momento Dios puso en
mi camino y que fue de grandísima bendición. Me escuchó y oró por mi
efusivamente para que Dios obrara ¡Y ya lo creo que obró! Aquella noche en la
vigilia, por primera vez en mi vida pude orar en voz alta arrepintiéndome de mi
vida pasada, y dejando que Dios llenara los huecos tan enormes que había en mi
alma. Fue una noche dichosa. Al día siguiente, un domingo que amaneció
radiante, todos los candidatos estábamos preparados, por mi parte, después de
la experiencia vivida la noche anterior, mi corazón se sentía en paz, y
dispuesto a recibir la bendición que Dios me tenía reservada. Éramos varias las
personas a las que se nos iba a imponer las manos y se iba a orar para que
recibiéramos el bautismo. Cuando me llegó el turno, y me arrodillé delante del
sacerdote y de los responsables, y los que decidieron apoyarnos, pusieron sus
manos en nuestros hombros, me dio la sensación de estar en el cielo escuchando
cantar a los ángeles. El sacerdote, el mismo que trajo la Renovación Carismática
a España, el padre Manuel Casanova, impuso sus manos sobre mi cabeza y comenzó
a orar, después todos oraban en lenguas. En un principio, algo como si fuera un
ardor suave empezaba a invadir mi cuerpo por dentro y por fuera y, al principio
en voz baja, comencé a cantar en lenguas, muy dulcemente mis labios empezaron a
pronunciar palabras desconocidas para mi, pero que al ir subiendo el tono me
limpiaban de todos mis pecados de aquellos días, temores y sufrimientos, que se
deshicieron y se alejaron de mi, y un intenso sentimiento de perdón y de
limpieza interior comenzaba a tener lugar, algo que a partir de ese día no he
dejado de sentir. La obra del Espíritu Santo en mi, había comenzado, la
restitución de lo que el diablo me había robado desde mi niñez, comenzaba a
imponerse en mi vida por parte de Dios. Obra que aún hoy continúa, y que al
final íntegra y renovada podré presentarme ante la presencia de mi Dios Todopoderoso.
Cuando volví al convento ya no era la misma, sabía que mi forma de vivir, mi
comunión con Dios, mis expectativas estaban muy lejos de aquel lugar, y así un
día del mes de Septiembre de aquel mismo año, lloviendo a cántaros, dejaba para
siempre aquel encierro, que si bien, había sido elegido por mi, no formaba
parte del plan de Dios con mi vida, y aunque El usó ese tiempo para curarme del
orgullo, después tuvo que curarme también de las heridas recibidas durante
todos esos años, para poder continuar trabajando en mi restauración y usarme
para su Reino.
7 EL ESPÍRITU SANTO Y YO
Después de mi salida de aquel convento, y de
terminar mi relación de casi ocho largos años con aquella comunidad, regresé a
casa al lado de mis padres, que iban conmigo de desconcierto en desconcierto.
Cuando pienso en ellos, siento admiración, me pongo en su lugar y siento por un
momento lo que significa ser padre o madre, la inmensa responsabilidad que eso
trae consigo, los quebraderos de cabeza, las angustias y los insomnios que tienen
que sufrir, y me imagino que hubiera pasado si yo hubiera tenido hijos. En
algunos momentos los he echado de menos, pero cuando pienso en mis padres, me
alegro de no tener que pasar por todo lo que pasaron ellos conmigo. Los días
transcurridos en casa después de mi llegada del convento, al principio fueron tranquilizadores,
pero a medida que pasaba el tiempo, una desgarradora sensación de vacío y de
fracaso, iba tomando terreno en mi interior, y la monotonía de no tener una
labor concreta que realizar, o de no saber a que dedicar mi tiempo, me hacía
sentir poco útil y una carga para mis padres. Y aunque ellos no lo veían así,
yo sentía la necesidad de trabajar en algo. Al enterarse mi hermano mayor,
casado y con un hijo pequeño de dos años y medio, de que yo estaba fuera del convento,
me ofreció cuidar de mi sobrino, al menos por un tiempo. Aquella nueva
ocupación me llenó de felicidad, porque se trataba de mi sobrino mayor, por
aquel entonces, y de la oportunidad de sentirme útil, pero el vacío interior
aún continuaba. Asistía a misa diariamente, y por más que tratara de orar, nada
me devolvía la paz. Recuerdo una ocasión, en que llevada por la confusión y el desánimo,
logré hablarle de mis inquietudes al sacerdote de la parroquia a la que asistía
a misa, con la esperanza de que me ofreciera alguna ocupación en la misma
parroquia, que me ayudara a llenar la enorme soledad que por aquellos días me
embargaba, pero su respuesta, que en realidad no fue ninguna, aún trajo más
confusión y más frustración a mi vida. Únicamente mi Señor y Amigo Jesús se
hizo cargo de mi situación y me recordó lo que había vivido en Barcelona con la
Renovación Carismática y comencé a buscar el grupo de oración “Fuente viva” del
que me habían hablado en el convento, antes de salir. La responsable de aquel
grupo estaba ocupada con un familiar cuando me puse en contacto con ella, pero
me dio la dirección donde se reunía el grupo y el nombre de la persona que le
ayudaba a liderarlo. Aquel sábado asistí a la reunión llena de esperanza. Recuerdo
que el local era un gimnasio que pertenecía a un colegio en la calle Padre
Damián. Cuando entré, ya un grupo de personas estaban orando a la espera del
comienzo de la reunión. Mientras esperaba, un joven rubio, creo que era inglés,
se sentó a mi lado y me preguntó de donde venía, como me llamaba, si conocía la
Renovación, y otras preguntas destinadas a romper el hielo y a darme de algún
modo la bienvenida.
Fue una hermosa reunión, parecida a la
primera que asistí años atrás en Plaza de Castilla. Aquel joven permaneció a mi
lado durante toda la reunión, y por primera vez en tanto tiempo, comencé a
recobrar mi ánimo y la paz de mi corazón. No me dijo nada más durante el resto
de la tarde, pero a la salida me dio la mano y me hizo sentir que sería
bienvenida siempre que volviera. Antes de irme pregunté por la segunda
responsable del grupo de oración. Cuando la conocí, al principio me sorprendió,
pues era una mujer de estatura no muy elevada, de complexión extremadamente
delgada, pero con una gran fuerza de carácter y capaz de guiar a aquel grupo de
unas sesenta
personas, a la misma presencia de Dios. Que
poco sabía yo en aquel tiempo la amistad tan fuerte que nos uniría años
después. Continué asistiendo sábado tras sábado a la reunión y relacionándome
con los nuevos hermanos que Dios me otorgaba. Un sábado, después de varios
meses de asistencia, por fin logré conocer a la verdadera responsable del
grupo. Una mujer nacida en Filipinas de padres españoles, veinte años mayor que
yo, con un profundo conocimiento de las Escrituras y dotada por Dios para
predicar su Palabra, con una contundencia magnífica, con preciosos dones del
cielo, entre ellos, el de profecía, rara era la reunión donde su voz no sonara
de parte de Dios, nadie osaba dudar que sus profecías fueran auténticas, era
reconocida en todos los grupos, y cuando ella levantaba la voz, siempre alguien
era tocado, sanado de heridas del alma, interpelado, o sanado físicamente. Sus
mensajes traían convicción de que la mano de Dios y su Espíritu estaban con
nosotros. Cuando la voz de esta mujer sonaba en medio de la reunión, el silencio
era total, solo el susurro del llanto o las palabras de agradecimiento, se
entremezclaban por lo bajo con la contundencia y la seguridad de sus
palabras, nunca la ví titubear cuando
hablaba de parte de Dios, nunca aprecié en sus palabras temor, duda o que se equivocara
al pronunciar. Su voz, lenta, fuerte y como flecha certera, se introducía sin
estorbos en el mismo centro del corazón de quien, o a quienes iba dirigida. Una
mujer sencilla, pero llena de autoridad, que sabía lo que Dios demandaba de
ella y dónde quería dirigir al grupo. ¡Cuántas sanidades!, sobre todo
espirituales conocí en aquellos días, ¡Cuanta bendición del cielo! Con la que Dios
quiso refrescar a sus hijos! ¡Cuántas vivencias, que unidas a las de hoy, han
forjado mi alma y mi espíritu! Cuanto agradecimiento a Dios por lo que viví
entonces, y por lo que estoy viviendo ahora. Dios sigue teniendo sus profetas,
aunque algunos no los quieran reconocer ni escuchar. En todo tiempo, en toda
circunstancia, Dios sigue hablando, porque prometió estar con su Iglesia hasta
el final de los tiempos. No se han callado los profetas, pero hay que saber en
que lugar están hablando,
no están en todos los lugares, solo junto a
los que los quieren oír, y buscan de Dios.
8 MIS AÑOS EN LA RENOVACIÓN CARISMÁTICA
Aquel fue un tiempo maravilloso en mi vida,
puso las pautas para que Dios se moviera de una forma extraordinaria. Desde que
salí del convento, hasta que me bauticé como cristiana evangélica pasaron casi
diez años. Durante ese tiempo viví muy intensamente lo que Dios
hizo en España a través de la Renovación
Carismática, conocí personas ungidas por el Espíritu Santo que bendijeron a
mucha gente necesitada. Católicos de tradición probaron de este “agua fresca”
del Espíritu y hoy día son cristianos entregados y usados poderosamente por
Dios, unos se bautizaron en la Iglesia Evangélica y otros continuaron desde la
Iglesia católica, tratando de convencer a sus hermanos de que la religión de
poco o de nada sirve, y que lo que Dios demanda son corazones dispuestos a
darlo todo por El para extender el Evangelio. Recuerdo especialmente las
campañas nacionales que se organizaban todos los años en el mes de julio, y que
reunían a cientos de carismáticos de todos
los lugares de España. Aquellos fueron días donde el poder de Dios se derramó
en abundancia, las personas conocían a Dios y le entregaban su vida, otros
comenzaban a ver crecer su fe de una manera nueva, y Dios extendía su brazo
derramando sanidad, perdón y reconciliación. Los grupos de oración cada vez
eran más numerosos y se extendían por toda España. El grupo donde yo empecé, al
crecer, se dividió en dos, una parte liderado por su primera responsable, y la otra
liderado por la segunda y por mí en el terreno de la alabanza. El segundo grupo
cambiamos de nombre y comenzamos a llamarnos “Pentecostés”. Constaba de doce personas
que nos reuníamos en la biblioteca de un colegio de monjas los sábados por la
tarde. El comienzo de nuestro grupo fue ardiente, pasamos mucho tiempo
compartiendo, haciendo amistad unos con otros, y sobre todo orando, alabando a
Dios y recibiendo enseñanza. Dentro de estos grupos de oración, di mis primeros
pasos en cuanto al manejo de las lenguas y de la Palabra. Por primera vez oí
hablar de la iglesia Evangélica, pues en mi grupo había varias personas de esta
denominación que compartían su fe con nosotros. En los años que pasé desde mi
accidente hasta que definitivamente me bauticé en la iglesia Evangélica, ocurrieron
varios cambios en mi vida. Salí por segunda vez de la casa de mis padres para
marcharme a vivir con la responsable, que junto conmigo lideraba el grupo Pentecostés.
Me llevaba 15 años y yo la admiraba y
respetaba en gran manera. Ella me ofreció,
mientras yo aún estaba convaleciente del accidente de moto, cuidar de sus
padres ancianos mientras ella iba a trabajar, y me daba una ayuda económica que
junto a la prestación por desempleo que recibía, me servía para mantenerme. En
esta época conocí a mi único pretendiente, con el que mantuve un noviazgo de
nueve meses. No funcionó, y después de tener los preparativos para la boda ya
listos, descubrí que mi inminente matrimonio con aquel chico estaba destinado
al fracaso. La inmadurez de los dos, aún siendo él de cuarenta años y yo de
treinta, nos jugaría una mala pasada, con lo cual le propuse pasar más tiempo conociéndonos
y madurando nuestra relación antes de casarnos. Su respuesta inesperada e
infantil aún me alarmaron más con lo cual di al traste con todo y decidí dejarle
para siempre. Hoy, después ya de tantos años, me felicito por aquella decisión que
estoy segura me ayudó a tomar mi querido Señor, pues aquella boda hubiera sido
tan fracaso como mi pretendida vida monástica. Hago aquí un inciso para
comentar como las malas decisiones que, a veces,
tomamos en nuestra vida, pueden retrasar el
propósito de Dios, yéndonos por un rumbo diferente al que El nos ha trazado. En
mi caso pasé mucho tiempo en confusión, sin tener un futuro definido, dando
palos de ciego y aceptando consejos de personas tan confusas como yo. Sin
embargo fue estando en esa disyuntiva, cuando por segunda vez en mi vida tuve
una experiencia inolvidable con la presencia de Dios que marcó mi existencia de
manera permanente. Como relaté más arriba volví con las monjas como trabajadora
en la guardería. En ese tiempo yo daba mis primeros pasos en la Renovación
carismática, y una noche, al volver de la guardería, ya tranquila en mi cama y
con la Biblia al lado, al comenzar mi oración, caí en una especie de sueño en
el que me veía a mi misma postrada ante la majestad de Dios. A El no pude verle
pero si oí perfectamente su voz con mis oídos físicos, y ahí me di cuenta de lo
cierta que es la Palabra cuando describe su voz como “murmullo de muchas aguas”
sus palabras fueron: “Toda la tierra es tuya” Oí esas palabras tres veces y
salí del sueño. Lo llamo “sueño” porque no se como describirlo, pero yo estaba totalmente
despierta y consciente de lo que me pasaba. Lo impactante y la señal de que
aquello solo era obra de Dios es que eran la 23.00 horas cuando comenzó la
visión que duró apenas unos segundos, y cuando miré el reloj era la 01,00 de la
madrugada. En ese momento, como un impulso, cogí la Biblia y leí Isaías 54. Al
leer todo el capítulo mi corazón lo acogió como una promesa que Dios me hacía,
y a lo largo de estos años me doy cuenta de cómo se está haciendo realidad y
como Dios cumple lo que promete.
EPÍLOGO
Todo lo que viví quedó grabado en mi mente
para siempre como quedó grabada la vivencia que tuve con mis 12 años. Dios es
una REALIDAD, no es un invento, ni una religión, El existe y hace su voluntad a
pesar de quien quiera negarlo, es como negar la propia existencia, porque “En
El somos, nos movemos y existimos” y yo puedo constatar que lo que dice en
Isaías 54 está ocurriendo en mi propia vida. Su misericordia ha sido siempre el
manto con el que ha cubierto mi desnudez como ser humano, su perdón vino a mí
como un río caudaloso que se llevó mis pecados y mis errores, y como El me dijo
de niña, su sangre me ha cubierto, sus dolores se han llevado los míos y su
fuerza está manteniendo toda mi existencia. No pudo conmigo ni la muerte cuando
me acechó, ni puede conmigo la enfermedad que me acecha ahora, porque “cuando
soy débil es cuando soy fuerte” en sus fuerzas mi tristeza desaparece porque es
cubierta con el gozo de su vida en mi, y mi hambre de El es saciada porque se
ha acercado a mí y me ha abrazado con su compasión (“Pobrecita fatigada con
tempestad, sin consuelo…” Isaías. 54: 11) Viví tantos años encorsetada en una
religión que no me dejó desarrollarme, pero ahora tengo libertad, El me ha
hecho libre y me ha dado alas de águila para poder elevarme en las alturas y
dejar de arrastrar los pies por el suelo, me conquistó de tal manera que no he
dejado de buscarle y cuando parece que ya le tengo, El sube a lo más escarpado
de la montaña y me hace señas para que le siga, pero entonces me da “pies de
cierva” para ascender de prisa sin importar los rasguños ni las contusiones, y
llegar a la cima, y cuando llegue, solo El sabe donde me llevará de nuevo. Comencé
a escribir estas memorias con 50 años y ya tengo 54. Deseo por el momento
dejarlas aquí, aunque creo que tendré que escribir otro capítulo que ya he titulado
“Cada vez más cerca”, y que acabaré cuando El me llame por última vez para el
encuentro definitivo. Para ti, lector, unas palabras; Espero de todo corazón que
estas memorias te acerquen a El, es el mayor regalo que puedo hacerte. Mi vida
no ha sido ni es fácil, como no es fácil la de nadie que decida seguirle de
verdad, porque en los caminos por los que quiere llevarte hay que dejarlo todo.
La vida, en general se lleva muchos jirones, pero la diferencia es que cuando
la inviertes en buscar a Dios, los jirones que te arranca son tus heridas, tu
pasado, tus defectos, tu pecado, tus errores… y te los cambia por su propia
vida en ti, de modo que ya no eres tu, es ”Cristo quien vive en ti”, o como
decía Juan el Bautista: “Es necesario que yo mengüe para que El crezca” “Que
Dios te bendiga y te guarde, haga resplandecer su Rostro sobre ti, y tenga de
ti misericordia, alce sobre ti su Rostro, y ponga en ti paz”
Virginia Ruiz
Ríos