martes, 16 de agosto de 2016

CUANDO EL DOLOR LLAMA A LA PUERTA

Esto lo publiqué en Facebook cuando a penas habían pasado unos meses del fallecimiento de mi mamá, pero como fue inspiración divina, tal vez a alguien pueda ayudar a llevar su propio dolor.


PRÓLOGO
La verdadera razón de escribir estas páginas, como siempre, es esa tierna inspiración que mi Amado susurra en mi oído. Nunca he escrito nada que no me haya sido sugerido a través de esa voz.
Estaba conversando con Él, creo que esa es la clave más importante para percibir su susurro. Sin silencio en mi mente, y sin concentrarme en su Persona, jamás podría entender lo que me está sugiriendo que haga. Entonces, como un resorte, mis manos se ponen en funcionamiento, y en mi mente comienza ese fluir abundante que no cesa. Nunca habría pensado en escribir acerca del dolor, pero ha llamado a mi puerta, y le he abierto.
Job decía: “Si de Dios sabemos recibir lo bueno, ¿no sabremos también recibir lo malo?” ¡Qué sabiduría encierran esas palabras! La tierra está llena de dolor, ella misma se duele de su situación por el egoísmo del hombre.
El dolor forma parte de la vida, no hay medio de librarse de él, pero sí hay un medio de encauzarlo, y de aceptarlo….¿No sabremos recibir lo malo?...
DEDICADO A
Por supuesto a ti Señor, Artífice sublime de todo lo que rodea mi vida. A ti querida mamá. Ya no estás aquí, pero eres la protagonista de estas páginas. Seguro que al llegar al cielo le pediste a Jesús que me susurrara escribirlas, y Él accedió. ¡Te encantaba leer! Quiero honrar tu memoria en estas páginas.

Nunca pensé que llegaría el momento de escuchar esa noticia. Estaba dentro de lo probable, ¡Pero no ahora! ¡No cuando ella se sentía libre por primera vez! Pero… ¿Cuál es el concepto verdadero de la libertad? Realmente no lo sabemos hasta que nos sentimos libres, como no sabemos cómo vamos a reaccionar ante una mala noticia hasta que nos llega.
20 de Junio de 2014. ¡Había fallecido! Todo un cúmulo de vivencias tremendas se agolparon en mis sentidos, un vahído de dolor salió de mis entrañas, y mis ojos se anegaron. Hundida y desorientada, salí de mi casa para encontrarme con la dura realidad de la que ya no había vuelta a atrás. Horas antes estaba rogándole a Dios que terminara ya con su sufrimiento, pero cuando Dios lo hizo, algo dentro de mí murió con ella, fue como si mis miembros se aflojaran y se negaran a funcionar. No quería enfrentarme a tener que verla, como cada día que iba al hospital, no quería verla en su sufrimiento y agonía. ¡Tanto dolor! Pero en medio del fragor de esa terrible tormenta que se desató en mi familia, hubo algo que caló en mi interior, algo que conmocionó mi corazón cuando empezaba a endurecerse, a tratar de luchar en contra de lo que quería llevarse al ser que más quería en esta tierra. Nunca hubiera imaginado lo que viví aquella tarde, víspera de su muerte, cuando estaba mirando su rostro magullado y herido, otro Rostro, sonriente, se colocó en el suyo, y de manera tan tierna y suave como me ha sugerido escribir estas líneas, me sugirió mirar más allá, más adentro, no quedarme en lo externo, mirar como mira Él, no como miramos nosotros ¡Qué distorsión hay en nuestros ojos físicos! Pero Dios se apiadó de mí, y lo mismo que Él vio en la cruz en su Hijo destrozado en ella, me invitó a ver a mí cuando mi mamá, postrada en la cama del hospital, se iba destrozando físicamente a causa de la enfermedad.

En estos días, después de su fallecimiento, cuantas veces se me viene esa imagen terrible del rostro sufriente de mi madre, y otras tantas de nuevo vuelvo a ver ese rostro sonriente que me dice que ya está con Él.
El dolor nos constriñe, pero el Amor de nuestro Dios nos consuela de una forma inigualable.
Años atrás, cuando yo me empeñaba en arrancar la religión de la mente de mi madre, tan entretejida en las entrañas de todo español del siglo pasado, no sabía que detrás de mis palabras, el Espíritu Santo enviaba a sus ángeles a pelear con los demonios que querían retenerla en sus dominios. Al principio, la sentía extrañada, como si temiera que alguien me hubiera lavado el cerebro y no dijera más que herejías, pero poco a poco, muy poco a poco, la claridad que Dios ponía en mis labios iba disipando las tinieblas que oscurecían su mente. ¡Cuántas largas charlas tuvimos durante varios años! Parecía que Dios dormía todo alrededor para que pudiéramos hablar tranquilas. Con la humildad que la caracterizaba, nunca quiso contrariarme ni discutir conmigo, y a fuerza de explicarle, de decirle lo que estaba en la Biblia, ella fue cediendo ante el ardor que yo ponía en tratar de que se acercara a un Dios desconocido para ella. La imagen que tenía de Él, era temible, “gracias” a la educación rígida y al mensaje que se daba entonces acerca de cómo llegar al cielo. Visto de aquella manera, era poco menos que imposible, el Amor de Dios se decía pero no se creía. Dios no era visto como padre, sino como un tirano dispuesto a enviarte al infierno al más pequeño traspiés.
En realidad la salvación es imposible sin Cristo, pero el único Cristo que ella conocía era el de las procesiones de Semana Santa, horriblemente torturado para nada, pues nadie le dijo nunca que Jesús ya no estaba en la cruz, que estaba vivo, y que su muerte y resurrección era el pasaje para entrar en el cielo, y sobre todo, nadie le dijo que Jesús es el Hijo de Dios, y Dios por lo tanto.
Lo peor de todo fue convencerla de que tantas vírgenes, se llamaran como se llamaran, eran pura invención de la religión católica, y que solo una virgen que sencillamente se llamaba Miriam, escogida por Dios, tuvo el privilegio de traer a este mundo al Salvador, y que después de dar a luz a más hijos, murió como cualquiera de nosotros morimos, y ahí acabó su función, ni es intercesora, ni mediadora de nada, pues solo hay un mediador, cuya sangre intercede por nosotros, y es ese Cristo el que ella desconocía.
Aquello fue como si alguien le quitara una venda a un ciego de nacimiento y comenzara a ver. Al principio, asustada e incrédula, no podía digerir lo que yo le explicaba, era demasiado para ella, pero Dios estaba tratando con su corazón y con su entendimiento, pues algunos meses más tarde cambió su vocabulario, y me di cuenta de que el trabajo lo hacía el Labrador por la noche después de que yo sembrara la semilla. ¡Qué poco sabía yo por aquel entonces que la estaba preparando para su partida!
Nunca tuve un discípulo más cercano, ni más querido, ni pude ver el fruto que vi en la preciosa vida de mi madre, hasta que se despidió de mí dos días antes de que entrara en el hospital del que ya no saldría. No olvidaré sus palabras aquel último día que pudo hablarme con su boca. “Ya estoy preparada” me dijo “Me he arrepentido delante de Dios y quiero pedirte perdón si en alguna ocasión te he fallado como madre” ¡Cómo sabía ella que no iba a salir bien parada de esa operación!
Aquel mismo día, con el beso que le di en la frente, se la entregué a Dios, pues a Él pertenecía. Pasó la operación y salió de ella, pero ¡Cómo salió! No me podía creer que estuviera viva después de doce horas de quirófano, pero sólo le quedaban días, y Dios apresuró su trabajo en ella, pues la morada ya estaba preparada, y el Novio volvía a buscarla para llevarla con Él.
Sí, el dolor llamó a mi puerta, y dejó la marca de sus nudillos bien impresa. No quería abrirle, ¿Quién lo haría? y ¡Tuvo que llamar con fuerza!
Para un corazón inseguro, temeroso… humano, el dolor te madura de golpe. ¿Alguna vez has recibido una visita totalmente inesperada que viene a romperte el corazón? Lo malo es que la primera vez que llamó, por la mirilla vi una espada, por eso me resistí a abrir. Otras veces no la ves, pero al abrir se te clava igual. Se me vienen al pensamiento, para ilustrarlo de alguna manera, esas escenas de películas americanas, en las que dos militares llaman a una puerta para comunicar la triste noticia, y luego toda la parafernalia de la bandera, el himno, y demás. La vida está llena de espadas de esa clase. Una de las más dolorosas se la profetizó Simeón a María a las puertas del templo, cuando Jesús tenía apenas ocho días, 33 años antes de que se la clavaran. Tuvo tiempo de pensarlo y meditarlo, y sin embargo, cuando llegó la hora, estoy segura de que le dolió tanto como si nunca la hubiera esperado, aún creo que más, pues no sabía el día ni la hora, pero ahí estaba con su largo filo brillando amenazante. Se me ocurren muchas otras, pero la peor fue la mía porque me partió el corazón a mí.
No soy una persona que se desanima con facilidad, nunca sufrí de depresión física o anímica, sin embargo abrir aquella puerta trajo total conmoción a mi ser, se me vino todo de golpe, depresión física, anímica y el desánimo más profundo. Esos son los estragos que produce el dolor en nuestra vida.
En este escrito no me estoy refiriendo en absoluto al dolor físico, el dolor interior, el que se produce en el alma y en los sentimientos es muchas veces peor que el físico. Tampoco estoy escribiendo estas líneas para revolcarme, para hacer del dolor algo morboso, o sublimarlo de alguna manera, aunque reconozco que el dolor tiene su valor y su papel en nuestra vida.
La verdadera razón de este escrito es compartir con los lectores como lidiar con él, ya que indefectiblemente se incorpora a nuestra vida en algún momento, creí que sería útil escribir desde mi propia experiencia.
Lo primero es saber con certeza que el dolor no nos lo manda Dios. No lo manda nadie, lo atrajimos nosotros, por tozudos por desobedientes, y por querer adoptar el mal cuando teníamos todo el Bien ante nosotros. Lo llamamos a gritos. Con todo el Paraíso por delante y le “prendimos fuego”, condenamos a morir a las plantas, a los animales, y al hombre. Esa espada sí que partió el corazón de Dios, porque inmediatamente supo que su Hijo tendría que morir, igual que nosotros, y que para Él el dolor que iba a experimentar, era doble, totalmente físico y totalmente anímico.
A veces tengo la sensación escribiendo estas páginas, de que el mismo Dios se expresa a través de mí, y quiere decirnos que el primer dolor es el suyo. Nosotros sufrimos una pérdida, dos, tal vez tres…pero Él tiene que sufrir la muerte de todos y cada uno de nosotros. La muerte del soldado en la guerra, de tantos y tantos por hambre, terremotos, enfermedades, muertes horribles algunas, que a ti y a mí apenas nos hacen mella, pero Él los siente uno por uno, y creo que se dirá una y otra vez: “¡No habrían tenido que morir!, “¡No habrían tenido que morir!” Solo el ver la compasión de Jesús ante el hijo muerto de la viuda de Naím, ilustra lo que estoy diciendo.
¡Sííí! Vamos a tener que abrirle la puerta aunque no queramos, aunque sintamos esa terrible resistencia a dejarlo pasar. ¡Ahí está, en el umbral, con ese aspecto tan horrible! Y aún así, cuando te decides a dejarle el paso franco, y te hiere en tus carnes, y abre surcos con su filo, te acabas dando cuenta de que no viene a destruirte, sino a convertirse en tu aliado. No es fácil asimilar esto, pero ¡Es cierto! Al menos ha sido así para mí, porque poco a poco me he dado cuenta de que el dolor tiene sentido, y si lo permites, te convierte en el centro de la mirada de Dios, porque conoce, mejor que nadie, lo que estás pasando. ¿Qué padre no fija su mirada en el hijo que sufre? Cuando todos los pequeños están jugando a su alrededor felices y tranquilos, los padres, aparentemente distraídos, están ocupados en sus cosas, pero cuando oyen llorar a alguno ¿Qué sucede? ¡Ya no hay nada más importante! Yo he experimentado el calor de su mirada, el aliento de su boca cerca de mí, el tierno abrazo, el susurro de su amor cubriendo la desnudez en que te sume el dolor. Alguien dijo: “Bendita culpa que nos atrajo tal Redentor” y yo digo “Bendito dolor que nos acerca y atrae el Amor de nuestro Dios”
Pero esto no se queda solo en algo emotivo, lo realmente maravilloso es que esa cercanía y mirada de Dios sobre ti, comienza a operar un cambio, entonces el dolor se va convirtiendo en madurez, en un corazón más blando y paciente, y lo mejor de todo es que comenzamos a parecernos a Él, y empezamos a fijarnos en otros que sufren, que también han abierto la puerta. Y un día te das cuenta de que esa transformación no hubiera podido realizarse sin el ingrediente “dolor”
Así visto fríamente, el dolor es nuestro enemigo más contumaz. Y así hubiera sido si nuestro Redentor no lo hubiera transformado. Lo más sórdido, lo más destructivo y lo más difícil de asumir, es el dolor sin Cristo, y, por consiguiente, sin esperanza. Él lo transformó en la Cruz, le dio otro sentido. Al atraer todo el dolor hacia sí, lo lavó, lo purificó y lo convirtió en un arma poderosa, en esperanza, en superación, en conversión, en altruismo, y en definitiva en amor. El Amor le llevó a Él al dolor, pero el dolor en Él nos lleva a nosotros al Amor.